Hay exposiciones que cuelgan cuadros en una pared y esperan que el visitante se comporte. Mire, lea, asienta, avance. Y hay otras que prefieren convertir la sala en una criatura nerviosa: algo que respira, calcula, proyecta y hace ruido mientras uno intenta decidir si está frente a una obra de arte, un laboratorio o una discoteca para plantas con pretensiones filosóficas.
Paisaje Expandido [BotaniK], del artista visual venezolano Ricardo Arispe, pertenece a la segunda categoría. La instalación ocupó el Centro Cultural de Arte Moderno, en Caracas, entre diciembre de 2025 y marzo de 2026, como la primera exposición inmersiva de esa institución. La propuesta transformó la sala en un entorno audiovisual alimentado por temperatura, viento, humedad, intensidad lumínica y señales bioeléctricas de una planta conectada al sistema.
El CCAM describió la experiencia como un recorrido de 45 minutos y reportó una infraestructura de más de 1.000 metros de cable, proyectores inteligentes, sonido envolvente y programación específica. La documentación del proyecto, publicada por el propio ecosistema ColectiBot, añade que los datos ambientales fueron interpretados mediante inteligencia artificial para producir imágenes y sonoridades variables.

La promesa es seductora: dejar de mirar la naturaleza como una postal y percibirla como un sistema activo. El paisaje ya no sería la montaña que posa detrás del marco, sino una mezcla de clima, electricidad, humedad, datos y percepción. La vieja ventana romántica se rompe; en su lugar aparece una interfaz. Humboldt habría reconocido la ambición. Quizá no los cables.
El paisaje venezolano después del cuadro
El CCAM vinculó la exposición con una memoria institucional concreta: su primera muestra, inaugurada el 30 de noviembre de 1990, estuvo dedicada a Manuel Cabré y a El Ávila. La comparación no es gratuita. Cabré representó una ruptura con el academicismo rígido al asumir el paisaje desde la pintura al aire libre. En su vejez, según el texto de bienvenida del centro, llegó a construir una suerte de proyector artesanal para recombinar fragmentos de obras anteriores y crear nuevos paisajes.
Arispe retoma esa pulsión de ruptura, aunque reemplaza el pigmento por sensores, motores gráficos y modelos algorítmicos. Cabré reorganizaba la memoria visual del Ávila; Arispe deja que una estación meteorológica y una planta intervengan en el comportamiento de la obra. Uno construía el paisaje con fragmentos de pintura. El otro lo convierte en una corriente de datos.
La analogía también marca una diferencia importante. En Cabré, la tecnología era visible como ingenio humano: un aparato artesanal, casi doméstico, destinado a prolongar la capacidad de mirar. En BotaniK, la tecnología pretende desaparecer dentro de la experiencia. El espectador recibe luz, sonido, vibración y movimiento, pero no necesariamente ve qué parte corresponde al clima real, cuál a la planta, cuál al algoritmo y cuál a la decisión del artista.
Ahí comienza la zona más interesante —y también la más discutible— de la propuesta. La instalación habla de naturaleza, pero no ofrece una traducción transparente de la naturaleza. Ofrece una interpretación artística de datos seleccionados, procesados y estetizados. La planta no compone música de manera autónoma en un sentido fuerte; sus señales son captadas por sensores, convertidas en datos y luego utilizadas por un sistema diseñado por humanos. La inteligencia artificial tampoco aparece como una entidad mágica que descubre la verdad vegetal. Opera dentro de reglas, bases técnicas y decisiones autorales.
Decirlo no disminuye el proyecto. Al contrario: lo vuelve más preciso. El interés de BotaniK no está en demostrar que una planta es un músico secreto esperando ser descubierto, sino en exponer una cadena de mediaciones: algo vivo produce señales; una máquina las registra; un algoritmo las transforma; un artista organiza el resultado; el público completa la experiencia con su propia imaginación.
BotaniK no nació en el CCAM
La exposición caraqueña fue una estación importante, pero no el origen absoluto del proyecto. En junio de 2025, Arispe presentó en el XPR Lab de la Universidad Católica Andrés Bello el álbum doble BotaniK Live 01 & 02, asociado a dos conciertos realizados en Caracas para conmemorar el Día de la Tierra. La experiencia combinó proyecciones, música electrónica, sonidos selváticos e inteligencia artificial.
La UCAB documentó que una planta servía como fuente de datos para construir una base musical procesada por la inteligencia artificial JMR01, perteneciente al ecosistema ColectiBot. Sobre esa estructura intervenían músicos humanos. La agrupación quedó integrada por Arispe como director, Jaxi Gold en teclados y sintetizadores, Raquel Noisemaker en guitarra, María José Castejón en maracas, Sam “El Samán” en concepto y composición, y JMR01 como herramienta algorítmica.
Ese dato permite entender BotaniK menos como una exposición aislada que como una plataforma híbrida. Es banda, instalación, performance y experimento de autoría compartida. También es una pieza de estrategia cultural: circula entre galerías, universidades, espacios tecnológicos, plataformas digitales y conciertos. En una época en la que demasiadas instituciones todavía presentan la innovación como una pantalla grande con palabras en inglés, Arispe al menos intenta construir una gramática propia entre arte visual venezolano, música experimental, biología y código.
El resultado no está libre de los vicios del arte inmersivo contemporáneo. La inmersión puede convertirse en una coartada para no pensar demasiado. Si todo vibra, cambia, ilumina y envuelve, el visitante corre el riesgo de confundir intensidad sensorial con profundidad conceptual. No toda proyección generativa es una revelación. No todo dato convertido en sonido se transforma automáticamente en conocimiento.
BotaniK funciona mejor cuando acepta esa tensión. La obra no necesita fingir que la tecnología nos devuelve una naturaleza pura, sin mediaciones ni artificios. Su verdadera potencia está en mostrar que hoy nuestra relación con lo natural pasa inevitablemente por sensores, interfaces, modelos de procesamiento y sistemas de interpretación.
La precisión importa: ¿qué ocurrió en Santo Domingo?
El encargo que motiva esta revisión menciona una exposición BotaniK+ en el Centro de la Imagen de Santo Domingo. Esa denominación no pudo ser confirmada en las páginas institucionales del centro, en la documentación pública del proyecto BotaniK ni en la trayectoria expositiva publicada por Arispe. Presentarla como un hecho comprobado sería fabricar una certeza donde las fuentes disponibles no la ofrecen.
Lo que sí aparece documentado es la presencia de Ricardo Arispe en el Centro de la Imagen durante 2025. Su sitio registra la exposición individual Sin título, fechada en septiembre de ese año, y el Centro de la Imagen incluye el proyecto dentro de la programación Más allá de los bordes. El eje de esa propuesta no fue BotaniK ni la relación entre plantas e inteligencia artificial, sino la migración, la pérdida de pertenencia, los documentos, las fronteras y la fragilidad de la identidad.
La diferencia es sustancial. En Caracas, Arispe expandió el paisaje hacia la ecología de datos. En Santo Domingo, expandió la imagen hacia una pregunta política: quién tiene derecho a pertenecer y qué ocurre cuando una persona queda reducida a una categoría administrativa —ilegal, apátrida, extranjero— antes de poder ser reconocida como individuo.
El Centro de la Imagen ya había presentado en 2024 Estamos rotos, exposición individual de Arispe realizada en el marco de PhotoImagen y curada por Carlos Acero Ruiz. La muestra exploraba la fragilidad social mediante fotografías e instalaciones. El Caribe dominicano no fue, por tanto, un simple destino logístico dentro de la circulación del artista. Fue un contexto coherente con una línea de trabajo preocupada por los desplazamientos, la memoria y la identidad.
La confusión entre BotaniK+ y la exposición dominicana resulta comprensible en una obra que se desplaza entre formatos y proyectos, pero no debería naturalizarse. En el arte contemporáneo, los nombres importan porque organizan la lectura. Una instalación basada en señales ambientales no dice lo mismo que una obra sobre migración. Un concierto con IA no equivale a una muestra fotográfica. La fascinación por la etiqueta tecnológica no puede borrar la materialidad de cada proyecto.
Entre la planta y el algoritmo
Arispe nació en Barquisimeto en 1980 y trabaja en Caracas. Su formación como analista de sistemas convive con una práctica visual que ha explorado fotografía, inteligencia artificial, proyectos transmedia y crítica social. En 2021 recibió el Premio AICA Venezuela al Artista Joven. También fundó ColectiBot, un ecosistema de inteligencias artificiales generativas con identidades y funciones propias.
El dato biográfico ayuda a explicar su insistencia en desmontar la frontera entre artista, programador y productor cultural. Pero también plantea una pregunta incómoda: cuando un artista presenta sistemas complejos como colaboradores, ¿qué parte de la responsabilidad creativa conserva? La respuesta no puede limitarse a repetir que la autoría es colectiva. Toda obra tiene decisiones, filtros, descartes y criterios. Incluso el caos necesita alguien que decida cuánto caos entra en la sala.
La inteligencia artificial aparece en BotaniK como instrumento, colaborador y argumento. Es una herramienta para procesar señales; un componente escénico; y una forma de discutir la autoría humana. Esa ambigüedad resulta productiva siempre que no se convierta en misticismo tecnológico. El algoritmo no es una conciencia vegetal. La planta no es una compositora en el sentido jurídico o histórico del término. El artista tampoco desaparece por rodearse de máquinas.
Hay una tentación contemporánea, especialmente fuerte en el discurso cultural, de convertir cualquier cuestionamiento en una ceremonia moral. Si una obra usa IA, algunos exigen pureza artesanal. Si utiliza datos de plantas, otros reclaman que demuestre una conciencia ecológica impecable. Si habla de naturaleza, se espera que venga acompañada de una homilía sobre el consumo responsable. BotaniK no necesita pasar ese examen clerical para ser relevante.
El arte no tiene la obligación de comportarse como una oficina de certificación ambiental ni como un tribunal de buenas intenciones. Puede ser contradictorio, artificial, excesivo y hasta un poco ridículo. De hecho, la libertad de creación incluye el derecho a equivocarse con espectacularidad. La condición es que el público pueda distinguir entre una metáfora y una afirmación científica, entre una experiencia sensible y una prueba de laboratorio.
Una obra que pregunta más de lo que resuelve
Paisaje Expandido [BotaniK] acierta al desplazar la discusión del objeto artístico hacia el entorno. La obra no está solamente en las imágenes proyectadas, sino en la relación entre clima, organismo, dispositivo, código, sonido y espectador. Su apuesta central es que el paisaje no termina en lo visible. Incluye lo que se mide, lo que se procesa y lo que se imagina.
Su límite está en la retórica institucional que rodea el proyecto. Expresiones como “origen de la vida”, “mundo cuántico”, “perfección de los procesos naturales” o “inteligencia artificial como puente definitivo” elevan el tono, pero no siempre aumentan la claridad. El lenguaje grandioso puede hacer que una instalación parezca más profunda de lo que sus mecanismos permiten demostrar.
La mejor lectura no es aceptar literalmente esa retórica, sino usarla como punto de partida para interrogarla. ¿Qué perdemos cuando convertimos la naturaleza en visualización? ¿Quién decide qué datos representan lo vivo? ¿Qué ocurre con lo que no puede medirse? ¿La inmersión acerca al público a la ecología o simplemente produce una versión espectacular de ella? ¿Puede una obra que depende de infraestructura eléctrica hablar de la naturaleza sin convertirla en decorado?
Estas preguntas no invalidan la experiencia. Son, precisamente, el tipo de preguntas que una obra de innovación debería provocar. La creación contemporánea no tiene que ser una solución empaquetada. Puede ser una máquina de incertidumbre.
Entre Caracas y Santo Domingo se dibuja así un recorrido más amplio. En el CCAM, Arispe convierte el paisaje en una red sensible de datos y señales. En el Centro de la Imagen, trabaja sobre cuerpos desplazados, documentos y pertenencias rotas. En ambos casos, su tema de fondo es la relación entre sistemas y sujetos: cómo una persona, una planta o un territorio son registrados, traducidos y clasificados por estructuras que prometen explicar el mundo.
La nostalgia aparece justamente ahí. No como deseo de regresar a un pasado sin tecnología —ese paraíso nunca existió—, sino como recuerdo de cuando una imagen podía permitirse ser solamente una imagen. Arispe no intenta volver a ese tiempo. Lo invoca para demostrar que ya no estamos allí. El paisaje ahora también es código. La identidad, expediente. La planta, señal. El espectador, usuario. Y la obra, una disputa por quién controla la traducción.


