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Premio Eugenio Mendoza 2026: doce artistas para que el arte venezolano siga respirando

La decimoséptima edición del premio, impulsada por la Fundación Sala Mendoza en su aniversario número 70, seleccionó proyectos de jóvenes creadores venezolanos y ofrece residencias en España, formación y una exposición en Caracas. Pero la institución todavía debe aclarar algunos datos de su propia comunicación pública.

Visitantes observan obras de artistas jóvenes venezolanos en una sala de exposición contemporánea en Caracas.
La decimoséptima edición del Premio Eugenio Mendoza reúne doce proyectos de artistas jóvenes venezolanos en la Sala Mendoza.

Hay países que celebran sus instituciones culturales con discursos, placas conmemorativas y una fotografía solemne del fundador mirando hacia un punto indefinido del futuro. Venezuela suele hacerlo de otra manera: manteniendo abiertas las puertas mientras afuera todo parece diseñado para cerrarlas. En ese sentido, la decimoséptima edición del Premio Eugenio Mendoza no es únicamente una convocatoria de arte contemporáneo. Es también una prueba de resistencia institucional.

El premio, impulsado por la Fundación Sala Mendoza, forma parte de la programación con la que la institución conmemora siete décadas de actividad. La edición 2026 está dirigida a artistas venezolanos menores de 40 años, residan en el país o en el extranjero, y a artistas extranjeros residentes en Venezuela. La convocatoria fue gratuita y recibió proyectos hasta el 31 de agosto de 2025.

La Sala Mendoza anunció posteriormente la selección de doce proyectos, evaluados por Elizabeth Marín, Renato Bermúdez Dini, Mónica Espinel y Jordi Pallarés. La lista combina instalaciones, videoinstalaciones, fotografía, cerámica, performance y trabajos audiovisuales. En otras palabras: no se trata de un salón de pintura con pretensiones de modernidad, sino de una convocatoria que reconoce que el arte contemporáneo hace tiempo dejó de pedir permiso para caber en un marco.

Artista joven prepara una instalación contemporánea en un taller venezolano.
Las bases del premio permiten participar con instalaciones, obras audiovisuales, fotografía, cerámica, performance y otros formatos.

Doce proyectos, doce maneras de mirar un país

Entre los seleccionados aparecen “Resquicio”, de Andrés Rodríguez; “Pantalla azul Venezuela”, de Athenea Cuotto Abad; y “Memorias de la montaña desde el mar”, de Azalia Licón Sandoval. También fueron escogidos “Disección de un futuro extinto”, de David Alejandro Molina-Molina; “Archipiélago Sensorial del Caribe”, de Daniel Ernesto Guerra Tineo; y “Lo que te salpique”, de José García Oliva.

Completan la selección “La repetición compulsiva como refugio”, de Fausto Amundaraín; “Caracas mía”, de Leonardo Almao; “Este mar se desvanece”, de María Teresa Martínez; “Doble Negatividad”, de Oscar Abraham Pabón; “La victoria. Contengo”, de Raúl Eduardo Rodríguez; y “Protocolos de Emergencia”, de Sebastián Llovera.

Los títulos ya dicen bastante. Hay memoria, duelo, ciudad, crisis ecológica, diáspora, violencia política, identidad y tecnología. No es una lista de preocupaciones importadas de un manual curatorial internacional. Son las obsesiones de una generación que ha tenido que aprender a crear mientras el país se deshace, se desplaza y se reinventa con una velocidad casi obscena.

La Sala Mendoza describe los proyectos como una muestra de la diversidad de la creación joven nacional. La fórmula institucional es correcta, aunque insuficiente. Lo que hay aquí no es simplemente “diversidad”: hay una disputa por el derecho a representar la experiencia venezolana sin quedar atrapado en el folclore, la denuncia automática o el exotismo de exportación. Un artista puede hablar de la diáspora sin convertirse en funcionario de la tristeza. Puede trabajar con archivos familiares sin ofrecer una homilía sobre la memoria. Puede usar video, cerámica o performance sin tener que pedir perdón por no pintar paisajes reconocibles.

El premio como salida, no como estampita

Las bases establecen dos reconocimientos principales. El Premio Eugenio Mendoza ofrece una residencia de creación de dos meses en PACA, Proyectos Artísticos Casa Antonino, en Gijón, España, además de pasaje, alojamiento, manutención, transporte, apoyo para la producción y una exposición individual en la Sala Mendoza durante 2027.

El segundo premio contempla una residencia de formación y visitas profesionales de quince días en Madrid, organizada por el programa FelipaManuela, junto con una exposición individual en la Fundación Sala Mendoza. Los dos premios debían disfrutarse entre septiembre y noviembre de 2026, de acuerdo con la disponibilidad de las instituciones asociadas.

El valor de estos reconocimientos no está solamente en el viaje. En un ecosistema artístico donde producir, conservar y exhibir una obra puede convertirse en una carrera de obstáculos, una residencia significa tiempo. Tiempo para investigar, equivocarse, conversar, mirar otras obras y producir sin que cada decisión esté dictada por la urgencia económica. El arte necesita libertad, sí, pero también necesita alquiler pagado, equipos que funcionen y un lugar donde dormir. La inspiración es una criatura bastante menos romántica cuando no hay presupuesto para terminar una instalación.

La edición también contempla becas para el taller en línea “Diseminaciones y disputas de sentido”, dirigido por Renato Bermúdez Dini, centrado en escritura e investigación artística. Las bases hablan de quince becas, mientras que una nota de prensa posterior de la Fundación menciona veinte. La página principal de la Sala Mendoza, además, presenta el programa como una iniciativa que selecciona veinte artistas. Estas cifras no coinciden y la institución debería corregir o explicar la diferencia.

No es un detalle menor. En la cultura, los números también son una forma de rendición de cuentas. Si son quince becas, deben ser quince. Si finalmente fueron veinte, conviene explicar si se amplió el beneficio, si la cifra incluye a los artistas seleccionados o si se trata de una actualización de las bases. El entusiasmo institucional no debería obligar al público a jugar a la arqueología digital.

Un jurado internacional y una pregunta inevitable

El jurado de selección reúne a dos curadores venezolanos y dos extranjeros. Elizabeth Marín y Renato Bermúdez Dini trabajan desde Venezuela y México, respectivamente; Mónica Espinel reside en Nueva York; y Jordi Pallarés, en Mallorca. La composición busca combinar conocimiento del arte venezolano con una mirada latinoamericana e internacional.

La fórmula tiene ventajas evidentes. Un jurado más amplio puede reducir el peso de las camarillas locales y ampliar la conversación sobre las obras. También puede ayudar a que los artistas venezolanos no sean evaluados únicamente por su capacidad para confirmar las expectativas sobre Venezuela. El país produce tragedia, pero no exclusivamente tragedia. Produce humor, deseo, abstracción, sensualidad, absurdo y formas de belleza que no caben en el expediente de la crisis.

Pero la internacionalización tampoco es una garantía automática de calidad. Un jurado extranjero puede mirar con mayor distancia o puede reproducir, sin querer, los clichés que el mercado internacional espera de un artista venezolano. La pregunta no es si hay curadores de fuera, sino qué criterios aplicaron, qué textos acompañarán la selección y cómo se hará público el razonamiento del fallo.

Las bases establecen que el jurado encargado de otorgar los dos premios principales estará compuesto por tres profesionales de reconocida trayectoria y que la Sala Mendoza no podrá intervenir en sus deliberaciones. También indican que el veredicto deberá estar razonado en un texto público. Esa disposición es saludable. En tiempos de sospecha permanente, explicar por qué una obra gana no es un lujo académico: es una defensa mínima de la legitimidad del premio.

Lo confirmado y lo que todavía falta

La información pública consultada confirma la selección de los doce proyectos, la identidad del jurado de selección, la programación de una exposición colectiva durante el primer trimestre de 2026 y las condiciones generales de las residencias. La página oficial de la Sala Mendoza señala marzo de 2026 como el momento de la muestra y de la adjudicación de los premios.

Sin embargo, al cierre de esta nota, el 16 de agosto de 2026, no aparece en los canales públicos consultados un comunicado verificable que identifique a los ganadores del primer y segundo premio, ni una publicación que reproduzca el razonamiento del jurado encargado de la premiación. Eso no permite afirmar que los premios no hayan sido adjudicados; permite afirmar, con prudencia, que su resultado no está suficientemente documentado en la información pública disponible.

La diferencia importa porque las residencias previstas para el segundo semestre de 2026 dependen de una coordinación concreta: pasaportes, viajes, fechas, producción, seguros, acuerdos y recursos. El arte contemporáneo puede ser deliberadamente ambiguo; la logística de una residencia no. Allí se necesitan nombres, fechas y compromisos claros.

También hay una cuestión práctica para los artistas. Las bases señalan que las obras no premiadas pueden ser vendidas por la Fundación, con una distribución de 50% para la Sala y 50% para el artista, y que las piezas pueden permanecer tres meses adicionales para facilitar su comercialización. Es una condición explícita, pero conviene que los participantes conozcan sus implicaciones antes de entregar una obra. La precariedad no debería confundirse con disponibilidad ilimitada.

La libertad de crear sin catecismo

El Premio Eugenio Mendoza llega en un momento en que la creación artística está acosada por varios moralismos simultáneos. Unos quieren censurar cualquier imagen que incomode a la sensibilidad política del día. Otros desconfían de toda obra que no parezca suficientemente virtuosa, inclusiva o pedagógica. En el extremo opuesto, los puritanos tradicionales siguen creyendo que una escultura desnuda es una amenaza civilizatoria y que una performance debe justificar su existencia ante una junta de vecinos.

La respuesta de una institución cultural no debería ser reemplazar un dogma por otro. La Sala Mendoza tiene la oportunidad de defender una idea más simple y más difícil: que el arte no existe para tranquilizar al público. Una obra puede ser incómoda, incompleta, contradictoria, excesiva o incluso fallida. Su función no es obedecer el programa moral de una época, sino abrir una experiencia que no estaba disponible antes.

Eso no significa que toda obra sea intocable ni que la crítica deba arrodillarse ante la novedad. El público tiene derecho a cuestionar, rechazar y discutir. Los artistas también tienen derecho a no ser reducidos a sus identidades, sus tragedias o sus posiciones políticas. La libertad expresiva sirve precisamente para que nadie tenga que producir una obra bajo vigilancia ideológica, venga esa vigilancia de un gobierno, de una empresa, de una universidad, de una red social o de una comisión de sensibilidad.

El Premio Eugenio Mendoza 2026 puede ser valioso por esa razón: porque ofrece circulación, formación y recursos sin imponer, al menos en sus bases, una estética oficial. Su verdadero éxito no se medirá únicamente por quién gane una residencia en Gijón o Madrid. Se medirá por si los artistas pueden volver a Caracas con más preguntas, más herramientas y menos miedo a que alguien les dicte qué debe significar su obra.

La Sala Mendoza ha sobrevivido porque entendió, desde su origen, que una institución cultural no es un mausoleo. Es una conversación. Para que esa conversación siga siendo creíble, necesita proteger la libertad artística, publicar sus decisiones y corregir sus contradicciones. Venezuela no necesita otro altar. Necesita espacios donde el arte pueda equivocarse en público, discutir sin permiso y recordar que todavía está vivo.

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